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Todos los seres humanos tienen un derecho fundamental e indiscutible, que el derecho a la vida. Pero el problema aparece cuando el proceso de una enfermedad atenta directamente a nuestra calidad de vida, y nos obliga a preguntarnos dónde se encuentran los extremos de ésta y hasta dónde debemos llegar para defender este derecho. Actualmente, existen diferentes posturas: filosóficas, políticas, culturales, religiosas…, que defienden o penalizan el proceso de eutanasia. Según el Diccionario, la eutanasia es “muerte tranquila, dulce, sin padecimientos y, en sentido estricto, la que así se provoca voluntariamente”. Pero esto es una definición teórica, y en la práctica aparecen dilemas morales y éticos, a los que tienen que enfrentarse los profesionales sanitarios, los pacientes, los familiares, etc… ¿Quién debe decidir dónde está el límite de la vida?.
La postura más radical en nuestra sociedad nos la da la religión, que no reconoce el derecho a la eutanasia, negando que las personas sean libres a la hora de decidir cuándo debe acabar su vida. Esto está muy relacionado con la creencia de que nuestra vida es un regalo divino, y es Dios y nadie más el responsable de quitárnosla, pues es Él quien nos la ha dado y es el único que nos puede privar de ella. Pero cuando una persona depende indefinida e irreversiblemente de una máquina para no morir, ¿no se supone que ya se la ha quitado y estamos renegando de su decisión intentando alargarla?. ¿Hasta qué punto se está contradiciendo la religión?. ¿Cuáles son los requisitos para que una vida sea digna para vivirla?. Siempre que hablamos de este tema nos puede venir a la mente la imagen de una persona en estado vegetal. La vida es un derecho, que también conlleva otros subderechos, como el desarrollo intelectual, la necesidad de trabajar, el ocio, la capacidad de decisión… Una persona en estado terminal no posee ningún subderecho, pues es obvio que no viviría sin la ayuda constante y permanente de otras personas. En realidad, bajo estas condiciones de vida, no podemos hablar de una existencia plena, por lo que es muy respetable su derecho de decisión a no vivir, pues ¿no te han quitado ya el derecho de vivir plenamente?.

En este tema tan complejo, la última palabra debería estar en la persona afectada, o si no tiene capacidad para decidir, en sus familiares más allegados. El desarrollo de esta decisión dependerá además de la ética-moral que siga el médico encargado de llevar a cabo la eutanasia. No cabe duda que en este contexto hay una constante lucha de valores y diferentes moralildades entre los diferentes colectivos allegados. Bajo mi opinión, la eutanasia debería ser reconocida como legal, y un derecho de libre decisión de la persona o familiares allegados.
Cosa distinta será determinar cuándo, cómo y quién puede hacer valer esta decisión, pues el asunto presenta no pocas complicaciones, entrando en juego intereses políticos, económicos, etc…
No hay que olvidar que con el argumento de que los discapacitados no eran personas con capacidad para vivir plenamente, Hitler mandó asesinar a miles de discapacitados de Alemania, incluso antes del comienzo de la Segunda Guerra Mundial. Además, si la decisión recae en manos de los familiares, pueden entrar en juego intereses económicos (el cobrar pronto la herencia del afectado, el no mantener indefinidamente los gastos que conlleva la atención médica a un enfermo, etc…). El Estado de Derecho debe hilar muy fino a la hora de decidir la implantación del derecho a la eutanasia. ¿Y tú qué opinas?.

1º ¿Qué es la muerte?
2º¿ Estamos preparados para recibirla?
3º ¿Hay vida después de la muerte?

Su significado principal es el fin de la vida, el fin de la infinidad de cosas que realizamos cuando estamos vivos, el fin del amor de nuestros seres queridos, el fin de los bienes materiales, el fin de nuestra vida.
Estamos muy preocupados en poder hacer lo posible por no recibir la muerte, en intentar aplazarla, en prevenirla. Pero no nos damos cuenta de que la muerte es inevitable y que en cualquier momento nos puede llegar sin pensarlo. Se podría decir que nos está esperando en la vuelta de la esquina.
Todos pensamos en la muerte como algo lejano y que no nos tiene que porque pasar a nosotros pero sabemos que estamos predestinados a recibirla, ya sea antes o después.
Vemos como nuestros seres queridos se van y no somos capaces de evitarlo, pero, en realidad, no podemos hacer nada, no tenemos la culpa. Lo único que podemos hacer es añorarlos interiormente, mantenerlos en nuestro corazón y cabeza, pensar que nos quieren y que siempre estarán con nosotros.
Tal vez podamos estar con ellos cuando llegue a por nosotros, en aquel lugar al que llamamos cielo donde nos reunimos de nuevo y todos somos felices pero, ¿existe la vida después de la muerte? Ni yo ni los demás somos quienes para hablar de la existencia después de la muerte, ya que los seres humanos no podemos conocer la verdad absoluta. Y no se encuentra en nuestra palabra.
Como escribió Jorge Manrique, poeta cuya fama le reconoció tras escribir poemas sobre la muerte del ser humano y la de su padre, “todos realizamos el mismo curso del río que desembocará a la muerte”. Alegoría de que a todos nos va llegar la muerte seamos quien seamos.

En definitiva todos tenemos miedo a la muerte, a lo que vendrá, a lo que pasará, es decir, infinidad de preguntas a las cuales no podemos hallar respuestas. Nos preguntamos porque tenemos que morir. Pero realmente, ¿quién quiere vivir eternamente?

Isabel Casado Priego.

 

mayo 2012
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